Adiós pensamiento


Hace unos días, viendo memes en mi rato de internet, que últimamente es más del recomendado, me encontré con una imagen llamativa, triste pero sincera. Dos mexicanos se preguntaban el uno al otro.
— Mx-1: oye güey, me tocó hacer un ensayo y me pasó algo loquísimo
— Mx-2: ¿qué onda, carnal? ¿Qué pasó?
— Mx-1: pues estaba yo ahí en medio de una clase y nos pidieron que leyéramos y analizáramos un texto, y fue como muy brutal: no podíamos usar computadoras, pero mi cerebro parecía Chatgpt, neta que podía saber lo que decía y todo.
— Mx-2: a, pero claro cabrón, se llama pensar.
Con esta anécdota, que, amén de ser falaz, termina por relatar una de las realidades más dolorosas pero necesarias que tenemos, la muerte del pensamiento. Ese ejercicio rico en neuronas que ya no tenemos ha ido desvaneciéndose poco a poco y, con el paso del último trienio, podemos afirmar que está en escasez. Ya no es necesario pensar, y no sé si eso sea del todo malo en algún punto. Vamos a jugar un poco al abogado del diablo, un papel que me encanta, pero también a profundizar en estas dinámicas que nos empujan a una realidad que no queremos/podemos aceptar.
Todo profesional del pensamiento que se haya encontrado con las grandes capacidades de la IA pensará que hay un peligro detrás de eso. No, ese no es un problema en realidad ¿por qué sería un problema querer saber cuáles son las especies que se extinguieron en el último siglo en un pestañeo o a un “clic de distancia”? Eso no está mal, de hecho, de ser verídico el dato, y no voy a entrar en la verdad de todas las cosas, es una maravilla acceder al saber, así como así. El problema está en el lado humano, especialmente en el de la formación. Los esfuerzos mentales se han reducido a poco y nada, no es una sorpresa que las IA hayan escrito, ahora, hasta lo que solía ser producto del ocio y la creatividad más genuina de nuestro entorno, el contenido para redes sociales. Pero entren un momento a Instagram, TikTok o la que usen, porque, salvo que realmente vivan en una cueva, todos estamos inmersos en este mundo: una vorágine digital. En fin, allí verán que todo está armado, señalado igual, con imágenes parecidas, descartables, rápidas y sin mucho valor.
Por un lado, está excelente, quienes no sabemos ni usar tijeras podemos disponer de diseños rápidos y medianamente acordes a una imaginación que se fuga como agua de colador. Por el otro, allí está, todos los que nunca aprendieron a escribir, que no es más que el ejercicio de poner en palabras nuestro mundo de ideas, siendo breves, tienen alguien que piense por ellos.
Hasta acá, además del atontamiento colectivo, no hay nada grave. Salvo por mi otra anécdota, un pasaje con la doctora zapatilla. La doctora zapatilla, laureada y galardonada profesional en el mundo de la enseñanza de verduleros y limpia parabrisas en el antiguo reino de León —tema de alta importancia para todo el mundo pensante—, afronta un dilema ético-profesional. Pues resulta que la doctora zapatilla tiene que preparar una presentación sobre grandes promesas en el mundo intelectual. Pobre mujer, un trabajo mal pagado en una situación de alto esfuerzo mental. No obstante, se le presentaron varios candidatos, de los cuales pocos le convencieron, ya que ella, con su tiempo y experiencia, sabe ver a través de todos los matices y las realidades, y fulmina con su juicio y criterio el destino de quienes hacen vida profesional y quienes no. Ergo, hablamos de un personaje con una gran responsabilidad.
Pero cuando todo parecía tinieblas, sombras, lluvias y tragedias, porque la pobre Zapatilla no conseguía su salvador, apareció el gran Ricardo Futón de Longchamps. Un personaje carismático, perspicaz y con la profundidad intelectual de un político. Futón, muy laureado por su trabajo sobre las fotografías de los pingüinos en la Edad Media, encontró de lo absurdo lo brillante y, en tan solo 6 meses, elaboró una investigación con el alcance de un doctorado. Magnánimo.
Fue amor a primera vista o querer a primera noche, Zapatilla puso sus fichas en Futón, un señor que tenía, realmente, la capacidad de pedir 3 veces más rápido los prompts de la IA que el promedio. La investigación, lamentablemente, no pasaba ningún detector de inteligencia artificial porque no hizo nada, pero sí pasó el único filtro importante, el de la doctora Zapatilla. Así, el proceso institucionalizado de la pérdida del saber y el pensamiento comenzó su curso.
Lo que entristece en cierto punto no es la pérdida de escritores, habladores o pensadores, porque, a fin de cuentas, la humanidad puede vivir sin ellos, como los monos viven sin ingenieros mecánicos. Pero quizás la alarma más grande es que el proceso de dar vuelta a las ideas, elaborar esquemas e imágenes fue en descenso; es decir, progresivamente, nos estamos encerrando en un mundo muy afín a las ideas de Lenin y Marx, ¿por qué de estos? No soy comunista ni socialista, pero llego a reconocer que la afirmación de Marx en la crítica a Hegel (1843), donde señala que la gente no sabe lo que quiere y que Lenin toma posteriormente para argumentar que es necesario guiarlos y pensar por ellos, no es más que un reflejo anticipado de que estamos finalmente en esa sociedad.
De nuevo, el problema no son los algoritmos, sino cómo dejamos de pensar por nosotros para ser nada más que personas adoctrinadas de corazón y fe en que otro dispositivo lo haga; esto es diferente a cuando aparecieron algunas máquinas manuales que facilitaron los trabajos, bueno, quizás no tanto, quizás ya no aparecen otros “Miguel Ángel o Rafael” por algún motivo, no lo sé ni soy especialista para juzgarlo. Además, podemos incorporar la IA, como otras herramientas, a nuestra vida cotidiana sin mayores problemas; de hecho, no hay nada de malo en reducir la carga laboral. Lo que pasa es que, si les entregamos todo el poco criterio que tenemos e incluso si dejamos que piense por los que todavía no desarrollan un criterio, nunca lo tendrán, y ese es el mundo del hoy.
Con el paso del tiempo, estas habilidades de antaño que incluso yo dejaré de poseer, como sostener largos momentos de esfuerzo sin distracciones, serán cosa del pasado y allí podremos entender, finalmente, por qué, como sociedad, perdimos la esencia, la esencia más pura que jamás existió y esa que nos hizo únicos, la del pensamiento.
José Jesús Lara Yagia
Palermo, Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Argentina.
28/10/2026
1:39 p.m.



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