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Es ist gut

Foto del escritor: LaraYagia
LaraYagia
hace 6 horas
7 min de lectura

¿Se han preguntado si las estrellas de las noches que vemos son las mismas que en otros tiempos? Aparentemente muchas sí. Pero algunos grandes observadores, de momentos lejanos en la historia, se fascinaron tanto con esas noches brillantes llenas de astros en el cielo que las estudiaron y de ellas, hasta dioses crearon. Esta historia, sin embargo, tiene lugar en un espacio llamado Die Ewigkeit, o la eternidad, donde todo y nada pasa.

Este fue el pensamiento de un hombre de hace mucho tiempo, tanto que el mundo que conocemos es tan distinto al suyo. Tal señor, gozaba de la fama de ser muy sabio, conocedor y modelo a seguir para otros hombres. Sus lecciones sobre las virtudes y los quehaceres inspiraban a las multitudes de jóvenes estudiantes que lo tenían con respeto y al grado de eminencia. Sin embargo, a pesar de ser uno de los pocos docentes que logró adquirir una vivienda propia realmente grande con servidumbre incluida, al sabio le preocupaban muchas cosas todavía.

Pues, a sus 80 años, el miedo a la muerte ya era cosa del pasado. Le preocupaba, por el contrario, la eternidad. Para él, eso de la trascendencia y de otra vida era necesario, porque soñaba con juntarse a correr como cuando era niño y ver a tantos seres queridos y familiares que solo eran recuerdos en su memoria. Vivir con ese pensamiento, del miedo a que no existiese tal lugar, le colmaba la paciencia y tenía de malhumor. Una tarde, se le acercó su sirviente, quien, al verlo sentado en la ventana con cara de preocupado, le dijo:

—Herr, ¿le pasa algo? ¿Puedo ayudarlo? ¿Un té?

—No, no te preocupes, no me pasa nada porque ya pasé por todo.

—Entiendo, Herr, mis disculpas.

—Pero sí te quiero preguntar… ¿crees que vas a ir al cielo algún día?

—No lo sé Herr, solo Dios sabe.

—Solo Dios sabe. Allí está el problema. Él sabe, pero yo no.

—Usted es muy sabio, Herr. Seguramente el cielo lo espera.

—Lamentablemente, la sabiduría no te lleva al cielo. Todo lo contrario, siento que te aleja de él.

Desde hace tres años, el señor estaba con esas ideas rondando la cabeza. Dudaba del cielo, del futuro, dudaba de lo que fue y de lo que es. Para él, esa debilidad y decadencia, producto de la vejez, pronto lo llevarían a ser parte del olvido, pero no de la historia, mucho menos de la eternidad. Incluso con su miedo, en lo profundo de su corazón, la fe en que su destino era superior lo reconfortaba. Esto lo reforzaba con una estricta rutina de productividad en vida:


A las 4 a.m. se levantaba por gracia de sus ayudantes, quienes no tenían permitido dejarle descansar más de eso.


Cerca de las 5 ya había tomado sus dos tazas de té, repasado sus quehaceres y fumado su tabaco.


A eso de las 9 comenzaban sus clases a los interesados.


Para el mediodía ya comía y se reunía con sus allegados.


Cerca de las 7 la caminata por la ciudad concluía.


A las 10 estaba dormido.


Día tras día, esta era la rutina imperante. La noche era solo para dormir y, desde la madrugada era para vivir. No obstante, los pensamientos no se iban, y cuando esos momentos breves del tú con tú llegaban, la preocupación entraba. Preguntas sin tanta respuesta como “¿Qué será de esto que conocemos? ¿A dónde irán a parar mis cosas? ¿Mis ideas que nunca dije? ¿Qué hago con eso?” Estos planteos e infinitos otros tenían lugar entre sus ocupaciones. Para evitar la pesadez, se arreglaba hablando con Dios, buscando la paz y leyendo, la actividad gratificante del momento.

Entre tantos pensamientos, un día vio por su ventana al patio. Se sorprendió de ver que un burro estaba comiéndose unos girasoles. Indignado, llamó a la servidumbre. Cuando llegaron, ya el burro ya no solo se había ido, sino que terminó de devorar el jardín. Con furia, respiró y pensó: Bueno, tendrán que volver a plantar las flores. Ni ellas se salvaron. En el fondo, tras la ira de ver destruido su jardín, la muerte de sus flores jóvenes le significó otra victoria: que sobrevivía a la muerte una vez más de algo o alguien a su alrededor. Se pensaba que cuando estabas por morir, cada día era una victoria, y esta, sin duda, fue una, por suerte.

Pasada una semana, cuando volvía a casa después de la caminata, vio una nube de humo saliendo de su habitación. A lo lejos, una silueta fumando una pipa estaba allí. Enojado e indignado, entró rápido a la habitación y no consiguió ni humo ni silueta, ni nada de nada. Pensó que estaba enloqueciendo y que la senilidad por fin llegaba a su vida.

—¿Esto es lo que me espera? ¿Viejo, inútil y loco?

Los sirvientes notaron que actuaba raro, pero seguían allí, cada vez evitando más y más el tener conversaciones con él. Este efecto de la silueta lo afectó bastante. Pero, por otro lado, comenzó a ser menos estricto, ya que, después de todo, en su sistema perfecto algo falló que lo hizo ver mal. No era el tabaco, porque fumaba muy temprano; no era el alcohol, porque la copa fue hace cinco horas. Era su mente —se dijo— lo que le engañó.

Al mes, luego de que no hubo más ni burros ni humo, se encontraba durmiendo, soñando algo diferente. Una montaña sobre un valle lleno de neblina. En tal montaña iba con dos acompañantes, de los cuales a uno lo enviaría a su casa porque desconfió de él, y al otro lo dejaría acompañarlo hasta la cima. Cansado, pero fuerte en el sueño, se veía ese paisaje frondoso, verde y lleno de vida, que estaba sobre bosques húmedos. Era una vegetación distinta, que no conocía pero soñaba. En la cima de la montaña, una casa humilde lo esperaba, con algunos animales y vista al vacío. Al entrar, se despertó exaltado.

Los sueños variaban un poco, pero se repetían. Finalmente, cuando enfermó gravemente, se resignó a vivir y pensó en la eternidad y todo lo que nunca pudo cumplir. Esto lo plasmó en escritos y textos, pensando siempre en grande y olvidando sucesos, errores y tragedias.

En la tarde de un día, ya avanzada su enfermedad y deterioro, el sabio se sentó a ver por la ventana. Conociendo que su tiempo era escaso, abrió las puertas y dejó entrar la brisa. Asomó la cabeza y miró al cielo preguntando:

—¿Esto es todo, no es así?

Pero de pronto sintió una voz que le dijo:

—Nunca fue todo para ti.

Aunque dudó en voltearse por un segundo, su sorpresa fue tal que lo hizo, y en la cama no había nada. Se asustó, no por fantasmas sino por su mente, incapaz de pensar. Ahora era condescendiente con él. De pronto, al ver de nuevo al patio, miró a un señor sentado sobre un burro, que iba saliendo de su residencia, con el animal caminando y él sentado de espaldas al burro, con una túnica extraña y el humo de su pipa. Así, con la velocidad que pudo, fue corriendo y lo alcanzó. El burro, impactado por la situación, frenó.

—¿Quién es usted? —preguntó el sabio.

—Soy la eternidad —respondió el viejo sobre el asno.

—¿Cómo vas a ser la eternidad? Eso no existe así, solo Dios es eterno.

—Gracias por dudar de mí, pero sí, soy la eternidad, si tienes dudas, es más tu problema que el mío.

— Entonces, ¿qué hace la eternidad en mi patio?

—La eternidad acude a tu llamado, estimado.

—¿Por qué a mí? Si ya estoy por irme.

—En el cielo se nota tu angustia, tus preocupaciones y aquellas incógnitas que tienes. Vengo, no porque me lo pidas precisamente, ya que ni crees en mí, vengo porque quiero.

—A ver, sorpréndeme.

—Cada vez que pensaste e hiciste, algo importante has dicho. Sobre el bien, el mal y la moral superior, creaste un mundo mejor. Pero tus errores son presentes y los tengo en cuenta.

—Como todo el mundo. Pero ¿qué errores cometí?

—Esos que yo sé y que tú sabes, los mismos errores cometiste.

—Tus acertijos no me simpatizan.

—Tus dudas tampoco.

—¿En serio, qué quieres?

—Quiero comunicarte que has sido asignado y que debes quedarte tranquilo.

—¿De qué hablas?

—Serás eterno, no por tu cuerpo sino por tu mente y sus ideas. Mientras tu cuerpo se haya deshecho, tu legado seguirá, y por siempre hablarán bien de ti.

—¿Estoy por morir entonces?

—Sí, te queda poco, pero piensa si te parece bien o te parece mal lo que viviste y el destino. Cuando estés por morir, me darás una respuesta. Ahora creo que quieres moverte. Está por caer mierda de pájaro en tu cabeza.

Cuando el sabio se volteó, el eterno se había ido. Pero sus palabras resonaron en su cabeza, con la duda sobre si aceptar o no el destino. Esta situación continuó por semanas hasta que se desvanecíeron su memoria, su razón y sus críticas a la vida.

Las charlas y salidas se hicieron más breves. La enfermedad no lo dejaba dormir ni descansar, solo por pocas horas. Así, se despidió de los amigos y familiares, uno por uno, a través de visitas, invitaciones, eventos, y todo de a poco porque ni muchos le quedaban, ni su tiempo abundaba.

Finalmente, la tarde del 10 de febrero de 1804, cayó en cama víctima de una degeneración mental por su edad y algunos problemas estomacales. Con sus últimas fuerzas, se despedía diariamente de sus sirvientes y allegados. No lloraba porque no sabía lo que le pasaba. Era como si un árbol que dio tanta sombra a las flores ya no existía. Sus discípulos más jóvenes lo idolatraban, pero realmente no lo comprendían. Aquellos grandes ya lo habían superado en su criterio y, por ratos, estaban y se iban. En las noches se encontraba solo, con libros que ya ni mucho entendía.

Para el 11 de febrero, tomó mucho té, fumó y retó a la vida, con palabras incoherentes y de amor, mezcladas a veces en pasajes de odio y discusiones al unísono. El 12 de febrero, cuando sus gritos de dolor eran tan enormes, se acercaron sus allegados. Lo último que dijo fue:

—Le respondo al eterno y su eternidad, que acepto el destino que se me dio. Después de todo… Es ist gut.

Así falleció Immanuel Kant, quien trascendió a la eternidad, tras la visita del inmortal Zhang Gulao, quien le aseguró su pase al mundo de los eternos.




José Jesús Lara Yagia

Palermo, Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Argentina.

5:48 a.m.

06/04/2025

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